Felicidad

Si deseo la felicidad, ¿por qué me siento infeliz?

Un ser maduro sabe que en su mano está el construir una vida plena y feliz mientras que uno inmaduro desea que sea el entorno, en mayor o menor medida, sea quien lo haga en su lugar.

Cuando nacemos necesitamos que se satisfagan nuestras necesidades básicas y a medida que crecemos y nos desarrollamos, aprendemos a satisfacerlas por nosotros mismos, eligiendo en la vida lo que deseamos ser, hacer o tener.

Nuestras elecciones están siempre precedidas por un deseo y esos deseos pueden ser por motivos malsanos o por motivos sanos. En función de la naturaleza de lo que motiva nuestros deseos se abren caminos constructivos o destructivos hacia nuestra felicidad esencial.

Un deseo sano es aquel en el que lo que se desea es una meta en sí misma, no hay segundas partes, mientras que un deseo malsano es aquel en el que lo que se desea es el medio para lograr otro fin. El fin es el de ser amado incondicionalmente para que quien ama de esta forma satisfaga todas sus necesidades, de la forma que quiere y en el momento en que lo quiere.

Cuando deseamos consciente o inconscientemente de forma incorrecta, encontramos todo tipo de obstáculos, mucho sufrimiento y dolor, pues esta forma de desear es destructiva.

Desear de forma malsana se sustenta en el autoengaño.

El autoengaño consiste en creer que no somos merecedores de alcanzar nuestros deseos más profundos, en creer que la felicidad no está a nuestro alcance y, por ello, deseamos a medias, reducimos nuestras expectativas a un nivel más aceptable para nosotros mismos y, además, en relación con lo que creemos que aprobaría nuestro entorno para querernos y satisfacernos.

Es destructivo porque al pensar así, en lugar de crear nuestra vida, creamos una vida ajustada a lo que suponemos que el entorno espera y, sin valorar o confirmar si esto es verdad. Pero lo peor es que, nuestra vida se centra en lo de afuera, distorsionamos nuestra motivación interna y nos alejamos de lo que deseamos y nos aporta plena satisfacción en nuestro fuero interno.

Cuando nuestros deseos no son plenos nuestro nivel de satisfacción tampoco lo es. Progresivamente se instala en nuestro cuerpo y en nuestra mente la impotencia, la frustración y la desesperanza, lo que conlleva el que necesitemos a otros para que satisfagan nuestras necesidades, adoptamos un estado del Ser inmaduro y hacemos todo cuanto sea posible para que se satisfagan nuestros deseos. Es gracioso porque a esta actitud, a veces, la denominamos responsabilidad y nos vamos cargando de cantidad de actividades que nos alejan cada vez más de nuestros deseos convirtiéndolos en verdaderos anhelos, con mayor nivel de culpa y vergüenza por la infelicidad que tenemos.

Lo peor de esta situación es cuando vemos que otras personas se permiten disfrutar de una buena vida, y no alcanzamos a comprender porque ellos sí y nosotros no. Vivimos tan fuera de nuestro propio poder personal que olvidamos que en esencia somos iguales y que podríamos lograr también esta buenaventura tan solo con hacernos cargo con verdadera responsabilidad de nuestros deseos.

Al olvidar este gran y a la vez pequeño detalle, experimentamos un sentimiento de envidia.  Como la envidia no está bien vista, la negamos y la ocultamos lo que aumenta todavía más, el sentimiento de vergüenza o culpa y se esconde en planos sutiles y profundos de la memoria inconsciente.

Para resolver la envidia, expiamos con cualquier tipo de autocastigo que escogemos en función de cuan intenso sea este sentimiento de envidia que experimentamos hacia quienes nos rodean.

El autocastigo implica renunciar a nuestros deseos reales, mermar nuestras posibilidades y cercenar nuestra capacidad de responder ante la vida. Generamos sin querer y de forma inconsciente un profundo complejo de inferioridad.

Como quiera que nos infravaloremos, nuestras decisiones para lograr nuestros deseos estarán marcados por una baja determinación o sustentados por los motivos equivocados. El resultado es que inconscientemente creamos obstáculos e impedimentos para acercarnos a nuestros deseos más profundos de forma sana y directa. En definitiva, saboteamos nuestra vida.

Por ejemplo: seguro que en algún momento has deseado la riqueza, o un puesto de mayor responsabilidad en el trabajo, o casarte con un príncipe azul, o más carisma personal, una salud plena, un cuerpo atractivo, … lo que quiera que sea.

La pregunta es: ¿de qué forma lo deseas? Es decir, ¿amas el dinero?, ¿amas la responsabilidad?, ¿amas el amar a tu pareja?, ¿amas el cuidar tu cuerpo?, ¿amas el crear salud, …? ¿amas cada deseo por sí mismo? o ¿lo deseas para impresionar a los demás, para que los demás te admiren o para que haya alguien que te quiera y te aporte seguridad, te sientas por encima de los demás, que se ocupen de ti, que eleven tu autoestima…? Si éste es el caso, el motivo de lo que se desea es incorrecto y por tanto el deseo es destructivo y, antes o después, algún aspecto de tu vida lo reflejará.

Si el deseo es malsano, la conciencia lo evitará y lo que de verdad se desea se alejará de uno, porque lo que en realidad se quiere es otra cosa, y uno no se atreve a pedirlo, a expresarlo o a disfrutarlo sin culpa, vergüenza o con el convencimiento de que lo merece. Si uno no enfoca su mente en lo que desea sino en el desmerecimiento, obtendrá el desmerecimiento y lo que ello arrastra.

Mientras no creamos que merecemos la felicidad por el simple hecho de estar vivos y que esencialmente somos iguales a los más afortunados, felices y exitosos, las puertas a nuestro infinito poder interior para hacer realidad nuestros verdaderos deseos estarán cerradas.

¿De qué forma podemos abrir estas puertas? Es muy sencillo, tomando conciencia en los aspectos más triviales de la vida, aquellos que pasamos por alto porque nos hemos acostumbrado a ellos, lo que los motiva, el deseo que hace que este aspecto se muestre en nuestras experiencias.

Por ejemplo:

  • cuando juzgamos a alguien como incompetente para el puesto que ocupa en el trabajo, observaremos nuestra autoestima y lo que impide que ocupemos esa posición, que inconscientemente anhelamos.
  • Si queremos más dinero en la cuenta corriente, plantearemos ¿qué ganamos con ir justitos?, ¿tal vez que nos vean honrado o que los demás nos protejan o se ocupen de nosotros, o no tener dinero para hacer aquello que no queremos hacer?
  • Si nuestra relación de pareja no funciona o el amor se nos escurre entre los dedos, ¿observaremos de qué forma dejamos de querernos a nosotros mismos?
  • Hazlo con cualquier aspecto con independencia de si este aspecto es satisfactorio o no.

En esta observación y posterior análisis, no se trata de hacer grandes cataclismos en la vida sino de tomar la pista en los pequeños detalles de nuestra grandeza olvidada para activarla y conectar con lo que de verdad queremos.

Es un proceso interesante que nos conecta con la fuerza vital que nos rodea por completo y nos permite acceder a nuestro infinito poder creativo.

Cuando deseas de forma directa y con plena conciencia, el Universo responde abriendo el camino hacia su logro, a veces de inmediato y otras de forma indirecta, aunque siempre de una manera increíblemente maravillosa.

En cada uno de nosotros está el darnos cuenta de las señales de la felicidad que nos rodean y nos alertan, pero si estamos ocupados en mantener a toda costa nuestras propias verdades a medias, pasarán de largo y nos las perderemos.

Da la causalidad que cuando deseamos desde el corazón y de forma sana abrimos nuestra vida a la abundancia y encontramos ahí la felicidad. Es algo inmediato y directo, que nos sorprende cuando lo observamos en nuestra vida o en la vida de nuestros semejantes.

Ahora puedes desear la felicidad y experimentarla en cualquier detalle. Si no lo consigues, busca el sentimiento de inferioridad y completa tu verdad, eres infinitamente poderoso y mereces todo aquello que puedas imaginar.

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